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Camboya: esperando un país al que llamar hogar
jueves, marzo 01, 2012


Para los refugiados rohingyas, los beneficios obtenidos por la venta de tortas de pan en la calle apenas les permiten cubrir las necesidades básicas. Camboya. (Tess O'Brien/JRS)
Phnom Penh, 1 de marzo de 2012 – Mi nombre es Mohammed y soy un rohingya del estado de Arakán. Antes de huir de Birmania, las autoridades solían detenerme cuando iba de camino a la escuela y me enviaban a trabajar a los campamentos militares. Me hacían cocinar, lavar, cargar pesados materiales de construcción y cosas así; cuando no estaban contentos con mi trabajo me castigaban.

Estábamos en la mira de las autoridades por ser musulmanes; cuando supieron nuestros planes de construir otra aula, nuestra madrasa (escuela islámica) fue cerrada. En varias ocasiones, mi hermano, mi padre y yo fuimos detenidos y apaleados.

Una noche, salió la oportunidad de ir a Tailandia con mi tío. No tuve ni tiempo de decírselo a mi familia, pero no podía dejar escapar esta ocasión. Alrededor de la medianoche, 29 de nosotros – todos rohingyas – zarpamos en un bote en un viaje que iba a prolongarse durante dieciocho días. A los tres días, nos quedamos sin agua potable y nos vimos obligados a beber agua del mar, lo que hizo que enfermáramos.

Llegamos muy de noche a Tailandia. No estábamos seguros de dónde nos encontrábamos y temíamos viajar por tierra, nos ocultamos en la jungla, cerca de la costa, y aguardamos hasta la mañana. Cuando salió el sol, nos arrestaron y enviaron a la ciudad tailandesa fronteriza de Mae Sot donde pasé los siguientes seis meses en un centro de detención de inmigrantes.

Cuando estuve allí, había mucha gente arrestada en los alrededores de Mae Sot. Me aterraba la idea de que me deportasen a Birmania, que me golpeasen y dejasen morir como hicieron con mi padre. Me escapé, y con el poco dinero que me quedaba pude cruzar la frontera de Camboya y solicitar asilo.

Cada día pienso en mi futuro. Cada día tengo miedo de lo que pasará mañana. Yo sólo quiero trabajar, vivir en paz y cuidar de mi familia. Quiero lo mismo que cualquier otra persona.

El JRS y los rohingyas

Mohammed es uno de los muchos musulmanes rohingyas refugiados que se vieron obligados a huir de sus hogares en el oeste de Birmania. Los rohingyas se convirtieron en apátridas por la Ley de Ciudadanía de 1982, que sólo reconocía las ‘razas’ nacionales que estaban presentes en el estado de Arakán antes de la colonización británica de 1823.

Sin la documentación legal, los rohingyas se ven frecuentemente oprimidos por las autoridades birmanas. Trabajos forzados, confiscación de tierras, restricciones a su libertad de movimiento y a su expresión religiosa, forman parte de su cotidianidad. Excluidos del acceso a la salud pública y a los servicios educativos y sin posibilidad de conseguir un empleo se ven abocados a la indigencia.

Los rohingyas han huido lejos de sus tierras – Bangladesh, India, Arabia Saudí, Malasia – y a finales de 2009, comenzaron a llegar a Camboya. En 2010, las continuas llegadas coincidieron con coincidió más o menos con la implementación de los nuevos trámites de refugio, después de que la agencia de la ONU para los refugiados traspasara la responsabilidad de la determinación del estatuto de refugiado al gobierno camboyano.

El gobierno camboyano todavía no ha resuelto ninguna de las peticiones de los solicitantes de asilo rohingyas. Lamentablemente, el nuevo marco no brinda ningún derecho formal a los solicitantes de asilo, dejándolos en un limbo legal, y a merced de los funcionarios del gobierno que hacen la vista gorda a su empleo en el sector informal.

Con la ayuda del Servicio Jesuita a Refugiados, muchos rohingyas han puesto en marcha sus propios negocios de panadería móvil; pero es una lucha diaria ya que los beneficios a duras penas cubren un alojamiento precario y la comida.

Mientras los rohingyas esperan el resultado de sus solicitudes de asilo, los trabajadores del JRS tratan de ayudarles en su dura cotidianidad. Quizás la parte más dura es saber que, aún cuando sus solicitudes sean aceptadas, su día a día no cambiará substancialmente.

Tratar de gestionar las expectativas es un desafío, como lo es alentarles a hacer amigos, y a aprender la lengua y la cultura Khmer. Pocas son las esperanzas de que puedan ser reasentados en un tercer país más rico. Se enfrentan a una desalentadora perspectiva de integrarse en la sociedad camboyana, que lucha, a menudo sin éxito, por responder a las necesidades de sus propios ciudadanos.

Denise Coghlan RSM, directora del JRS Camboya

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